jueves, 9 de abril de 2015

El Estado que necesitamos

Félix Roque Rivero*

DEL ESTADO QUE TENEMOS
AL ESTADO QUE NECESITAMOS

Quince años cumplidos tiene ya la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, aprobada por el pueblo el 15 de diciembre de 1999. Un texto que surgió desde las catacumbas mismas del pueblo, hastiado como estaba del sistema bipartidista impuesto por la Constitución de 1961, aprobada –como sabemos– entre gallos de medianoche por quienes se apoderaron del poder luego de las heroicas jornadas de luchas populares contra la dictadura perejimenista en 1958. De aquel viejo estado federal y centralista con un sistema de gobierno partidista y de democracia representativa, hemos pasado a la configuración constitucional de un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, federal y descentralizado. Ahora bien ¿qué tanto camino hemos recorrido desde 1999 para el logro de las metas establecidas en el texto constitucional?
De la vieja y clásica definición de Estado conforme al Derecho Internacional que lo entiende “…como una entidad que está compuesta por un territorio delimitado, una población permanente y una organización de gobierno que controla, efectivamente y sin injerencia extranjera, dicho territorio y conglomerado de personas” [i], definición estrictamente jurídica, hemos pasado a una definición política del Estado en el cual intervienen un conjunto de factores que ya de por sí hablan de momentos de transición entre lo viejo y lo nuevo. Para García Linera, lo que llamamos Estado “…es una estructura de relaciones políticas territorializadas y, por tanto, flujos de interrelaciones y de materializaciones pasadas por esas interrelaciones referidas a la dominación y legitimación política” [ii]. Otros definen el Estado como un “Grupo territorial duradero, radicalmente comunitario, estrictamente delimitado, moderadamente soberano frente a otros, que se manifiesta como máximamente comprensivo en el plano temporal y en cuyo seno, sobre una población, con creciente homogeneidad y sentido de auto pertenencia, una organización institucional eminentemente burocrática, coherente y jerarquizada, desarrolla una compleja gobernación guiada conjuntamente por las ideas de seguridad y prosperidad” [iii].
A los fines del presente trabajo, nos vamos a quedar con la definición del Vicepresidente boliviano Álvaro García Linera. Se trata de asumir si en verdad el Estado venezolano vive un momento de transición o si por el contrario, pese al hecho de habernos dado una nueva Constitución y haber cambiado –constitucionalmente hablando– las reglas de juego, no estamos más bien haciendo otra cosa que reproducir las viejas mañas, perpetuando formas de dominación, teóricamente superadas.
El Estado debe ser visto –sostiene García Linera– como una correlación de fuerzas sociales [iv]. Para él, el Estado es la materialización de la institucionalidad y a la vez es el resultado de la creencia colectiva generalizada. ¿Qué tanto hemos los venezolanos institucionalizado nuestras relaciones con el Estado; será que seguimos viendo al Estado como el padre del cual todos dependemos, exigiéndole todo sin aportarle nada; continúan estas relaciones paternales impidiendo el desarrollo verdadero de las fuerzas populares, potenciales ejes transversales de las relaciones de poder; hasta qué punto el liderazgo impide o coarta las legítimas relaciones que los ciudadanos deben tener frente y con el Estado para ponerlo al servicio de la sociedad y limitar y controlar su poder avasallante, sobre todo controlando su amplio poder coercitivo y represivo?
El nuevo Estado que queremos, no puede continuar siendo –al decir de Weber– una máquina relacional que ha logrado a lo largo de la historia monopolizar el uso de la coerción pública en un determinado territorio mediante la centralización de la fuerza armada (la policía), bajo el argumento de controlar el orden [v]. Una visión así, tan raquítica del Estado es inadmisible en esta época de cambios como afirma el líder ecuatoriano, compañero Rafael Correa.
De allí que –con García Linera– preferimos decir que el Estado es la perpetuación y la constante condensación de la contradicción entre la materialidad y la idealidad del accionar político. Esta contradicción debe ser resuelta a favor de las querencias populares, permitiendo el desarrollo de la creatividad de los verdaderos factores de poder que subyacen en la sociedad y que muchas veces son subestimados por la burocracia estatal que termina viendo en ellos potenciales “enemigos” que amenazan su existencia.
Como lo señaló Hugo Chávez, “…queremos y necesitamos un Estado suficientemente fuerte, suficientemente capaz, suficientemente moral, suficientemente virtuoso para impulsar la República, para impulsar al pueblo y para impulsar la Nación, asegurando la igualdad, la justicia y el desarrollo del pueblo” [vi].
A partir de las elecciones de 1998 con el triunfo electoral de Hugo Chávez, el Estado venezolano empezó a vivir una crisis estructural que tuvo su pico en el desarrollo de la Asamblea Nacional Constituyente y que se ha prolongado en el tiempo sin que los factores actuantes se hayan dado mayor tregua. Dicha crisis se puede sintetizar de la siguiente manera: (1) El desencadenamiento de la lucha de los contrarios al conocerse que con Chávez en el poder, un nuevo proyecto se asomaba a la contienda política: el proyecto bolivariano; (2) La nueva propuesta de poder al movilizar al pueblo en demanda de sus derechos dio inicio al enfrentamiento con el bloque de poder desplazado que no iba a renunciar de manera fácil a ello; (3) La deslegitimación de las viejas estructuras y de la élite política se convirtió en el campo de batalla en el cual los dos bloques se batían a muerte: uno por imponerse, el otro por no ceder sus posiciones; (4) El nuevo enfoque económico con el reapoderamiento de los recursos energéticos para el Estado y para el pueblo, alertó al viejo bloque parasitario a luchar por lo que pretendían suyo; (5) Haber definido Chávez el nuevo proyecto como socialista en el año 2006, estableció, sin lugar a dudas, lo que Gramsci llama el punto de bifurcación entre lo nuevo, lo que estaba empezando a nacer y la vieja estructura elitista que sacudiéndose como serpiente herida hacía y hace todo lo posible por evitar morir; (6) El planteamiento de un mundo multipolar que rompía con el viejo esquema unipolar, con una marcada dependencia de las políticas dictadas desde los EE.UU; y, (7) El empuje integracionista que dio lugar al nacimiento de nuevas estructuras signadas por la cooperación antes que por la imposición y sumisión.
Quince años han transcurrido desde la aprobación del nuevo texto constitucional y, pese a que muchos cambios se han producido en la realidad política venezolana, no menos cierto es que aún no se ha producido el despegue que marque la diferencia entre lo que tanto se cuestionó y lo que se está proponiendo. En 1923 Lenin escribía: “Llevamos cinco años de ajetreo tratando de mejorar nuestro aparato estatal, pero ha sido un simple ajetreo que ha demostrado ser inútil, o incluso vano, nocivo. Este ajetreo creó la impresión de que trabajábamos, pero en realidad sólo entorpecía nuestras instituciones y nuestro cerebro”, y remató diciendo: “Es preferible menos pero mejor” [vii].
Tenemos que acrecentarnos –señaló Chávez– en conciencia revolucionaria y en ejercicio realmente socialista, si queremos que una vieja institución como la Asamblea Nacional cumpla a cabalidad con el desmontaje del viejo Estado burgués y contribuya a abrirle las puertas al Estado socialista. Se trata, dijo, de legislar respondiendo a la praxis socialista y obedeciendo al pueblo. “Quien no lo entienda debe elegir otro camino” [viii].
Hagámosle caso a Lenin y a Chávez, verdaderos genios de la política y no permitamos que el ajetreo del “tareismo” nos consuma y nos haga perder el norte del objetivo central: construir el Estado nuevo que abra las alamedas por donde transiten las nuevas mujeres, los nuevos hombres que harán posible la nueva sociedad, demostrando que un mundo mejor sí es posible.
El nuevo Estado tiene que delinear su estructura y características, las cuales deben estar en sintonía con el nuevo texto constitucional, en ese sentido: (1) Echar las bases de la nueva sociedad verdaderamente democrática participativa, protagónica y corresponsable; (2) El Estado social de Derecho y de Justicia no puede continuar siendo un slogan cuando sí una realidad concreta; (3) Permitir a la ciudadanía el desarrollo de sus derechos y de sus deberes, que asuman sus alegrías y también sus compromisos; (4) La pequeña producción urbana y agrícola tiene que constituirse en un bastión económico capaz de alimentar a las grandes mayorías, para ello el Estado debe interferir lo menos posible permitiendo el desarrollo del aparato productivo popular que derrote al rentismo petrolero y arrincone las estaciones parasitarias de la vieja burguesía monopólica y cartelizadora; (5) Establecer fuertes lazos de comunicación con la nueva intelectualidad y profesionales medios, en su gran mayoría provenientes de los sectores populares, descontaminados y con motivaciones suficientes para servir al pueblo; (6) Llamar a la clase trabajadora, urbana y campesina a que asuma su rol histórico y la conducción de la producción industrial junto al empresariado de extracción popular decidido a asumir los riesgos y las bondades de las nuevas relaciones de producción que se enfrentan al gran capital; (7) La nueva burocracia estatal debe tener como tarea deslastrarse de los viejos vicios y disponerse de verdad verdad a servir al pueblo con eficacia, eficiencia y efectividad sin pedir recompensa a cambio de ningún tipo. La decencia pública debe ser la regla y la corrupción la excepción, castigándose de manera ejemplar; (8) La lealtad y firmeza de la Fuerza Armada debe ensamblarse a las fuerzas populares estableciendo un verdadero muro cohesionado, capaz de dar sostenimiento al nuevo Estado; (9) Las fuerzas políticas que respaldan y apoyan al nuevo Estado deben remozarse permanentemente, ejercitando la democracia interna, dando paso a la crítica y a la autocrítica sin jaquetonerías ni providencialismos, colectivizando los mandos y haciendo de la vida política un apostolado de compañerismo que enfrente la corruptela y las solidaridades automáticas; (10) La estructura financiera debe ser puesta al servicio del pueblo, evitando las manipulaciones de la moneda nacional frente a monedas extranjeras, enfrentando la inflación y controlando los niveles de ganancia exorbitantes; y, (11) Plantearse políticas de alianzas con otros sectores organizados que manifiesten su deseo de colaborar pero que no se atreven ante el sectarismo de algunos de los nuevos líderes que con su conducta maltratan la posibilidad de robustecer el nuevo Estado.
Parafraseando al compañero García Linera, el ciclo constituyente abierto en 1999 debe cerrarse para dar inicio “a la nueva estructura de orden unipolar del nuevo orden estatal”. Por unipolar entiéndase una estructura notablemente democrática, inclusiva, participativa. El punto de bifurcación debe encontrar su centro exacto del reencuentro para iniciar el nuevo camino que apuntale hacia el nuevo Estado naciente. Ello no  quiere decir que las contradicciones desaparecerán. Nuevos problemas irán apareciendo en la dinámica social. Admitamos que una democracia sin conflictos, es una “democracia congelada”. La democracia se llama así cuando permite los desacuerdos, el pensar distinto, el reconocimiento y respeto del otro. Así, el Estado que queremos tendrá fecha de alumbramiento y la felicidad colectiva será la mejor señal de este parto histórico.

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NOTAS
* Abogado constitucionalista.
[i] Villarroel, F, Derecho Internacional Público.
[ii] García Linera, A. Democracia, Estado, Nación. (2015). Caracas, Trinchera.
[iii] Zafra, J, Teoría Fundamental del Estado. (1990). Pamplona, Universidad de Navarra.
[iv] García Linera, A. Lucha por el poder en Bolivia. (2005). Muela del Diablo.
[v] Weber, Max, Economía y Sociedad (1987). México, Fondo de Cultura Económica.
[vi] Chávez, H. Discursos Fundamentales. Ideología y Acción Política (2003). Caracas
[vii] Lenin, V. Obras Completas, Tomo 45. Pravda, 23 de octubre de 1923.

[viii] Chávez, H. Aló Presidente Teórico. (2009) Caracas, MINCE.

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