jueves, 28 de mayo de 2015

Política y literatura


Natalia Boza Scotto*

LA MUERTE REAL Y SIMBÓLICA
DEL PERONISMO
EN LA OBRA DE RODOLFO WALSH

(Publicado en la versión impresa de Vltima Ratio:
Boletín jurídico semestral de la Sociedad Venezolana para el Estudio del Derecho Latinoamericano.
Año I, número II. Caracas, julio-diciembre 2014, pp. 1-2).

LA REPRESIÓN Y EL MIEDO EN LA TIRANÍA. La literatura presenta una doble faceta, como manifestación artística y como documento histórico; la obra literaria constituye  “un  reflejo,  consciente  o inconsciente, de la situación social, económica y política de un determinado  momento histórico” [1] y por tanto es fuente de conocimiento incluso en el ámbito jurídico, con la ventaja de brindar una visión integral, esto es, de mostrar las interrelaciones del Derecho con el poder, la política y la sociedad.
En este sentido, una realidad política tan frecuente en América Latina, como son los regímenes dictatoriales de naturaleza militar, ha tenido eco en el arte literario; novelas de grandes literatos de la región, como Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, El señor presidente de Miguel Ángel Asturias, El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, Yo el supremo de Augusto Roa Bastos, El recurso del método de Alejo Carpentier, Oficio de difuntos de Arturo Uslar Pietri, o La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa, entre otras, configuran, dentro del género literario de la novela, el subgénero de la novela del dictador [2].
Así, a través de la narración se dibuja la relación entre el poder, el Derecho y la política, deviniendo la creación artístico-literaria en un medio de denuncia, que critica el poder ejercido de forma autoritaria y personalista en un régimen dictatorial.
Al analizar los rasgos que identifican al déspota latinoamericano, de acuerdo con la representación literaria que de ellos se ha hecho, se señala como una característica de su personalidad la tanatofilia, entendiendo por tal, “la atracción que siente el tirano iberoamericano hacia la muerte como su más efectivo instrumento de poder”, y expresada claramente en la frase: “fusilo, luego existo” de la obra El Supremísimo de Luis Ricardo Alonso [3].
La muerte no es un elemento exclusivo de la denominada novela del dictador; se evidencia, por ejemplo, como la expresión más trágica de la violencia presente en la literatura sobre el peronismo, producto de “un antagonismo implacable que sólo se resuelve con la muerte, ya sea la propia o la de los otros [4].
En las narraciones sobre el tirano latinoamericano, en particular, la violencia se trasluce en diversos mecanismos represivos, que se perfilan como medios de su permanencia en el poder, por cuanto el riesgo conspirativo queda suprimido mediante la tortura y la muerte del contrario, pero también de quien, no siéndolo, genere una mínima sospecha sobre su falta de adhesión al dictador. Acertadamente, se afirma que “el temor y la sospecha [son] compañeros inseparables de toda fuerza ilegítima (y de todo poder que no reconociendo límites, es ilegítimo) [5].
La violencia que sustenta la figura del dictador se desenvuelve en ocasiones dentro de las formalidades del ordenamiento jurídico, esto es, recubierta de una apariencia de legalidad; supuestos en los cuales el Derecho se presenta como un instrumento de opresión, al servicio gubernamental. En otros casos, por el contrario, el actuar del régimen está desprovisto de legalidad alguna y únicamente evidencia la arbitrariedad ínsita a las dictaduras, consecuencia de la más absoluta indiferencia por los derechos ciudadanos.
Ahora bien, el actuar arbitrario y violento del déspota para perpetuarse en el poder, eliminando todo riesgo conspirativo, genera como contrapartida el miedo, que pasa a determinar el comportamiento individual de cada uno de los habitantes, pero también del cuerpo social; a través de la violencia hacia unos individuos, se logra intimidar a todos, persuadiéndolos de cualquier intento de confabulación.
En efecto, “el principio y el móvil de la tiranía es únicamente el miedo” [6], en primer lugar del oprimido, porque su sufrimiento depende de la voluntad caprichosa del opresor, lo que deriva en la sumisión a sus órdenes. Pero también teme el opresor, consciente de su propia debilidad, y ello lo hace aún más cruel; se castiga con crueldad cualquier intento de los súbditos contra la autoridad [7].

OPERACIÓN MASACRE: LA DESTRUCCIÓN FÍSICA DEL ENEMIGO. Ante los relatos novelados que giran en torno a la figura del dictador, el lector puede preguntarse si los acontecimientos representados matizan, o bien acrecientan los sufrimientos infligidos por aquel [8], de acuerdo con la posición ideológica del autor. Resulta sobrecogedor evidenciar, a través del estudio histórico, que la realidad llega a superar los excesos narrados.
La duda ni siquiera llega a plantearse ante Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, una escritura periodística, de no-ficción [9], que tiene un palmario propósito de denuncia de la dictadura argentina; producto de una investigación minuciosa y con rigurosidad documental, la obra se acerca más al periodismo investigativo, aunque valiéndose de las técnicas literarias [10], al relatar los hechos acaecidos el 9 de junio de 1956 en la matanza de los basurales de José León Suárez, en la capital argentina.
Los sucesos representados mediante el relato novelístico, en una trama que reproduce con fidelidad lo vivido por personas reales, describen la actuación tiránica de un régimen de facto instaurado tras arrebatar el poder al mandatario electo. Derrocado Juan Domingo Perón y sustituido el primer presidente de facto de la llamada Revolución Libertadora, Eduardo Lonardi, por el radical Pedro Eugenio Aramburu, es reprimida con atrocidad la insurrección cívico-militar peronista, comandada por el general Juan José Valle, que fue fusilado junto a otros; este evento, que no figura en la obra de Walsh, ya demuestra la tanatofilia característica de la personalidad del dictador, que se vale de la muerte del otro –del conspirador, del enemigo–, como expresión del poder que ilegalmente se arroga al ejercer una fuerza ilimitada, para eliminar –en este caso, físicamente– a quien representa un riesgo en la permanencia del régimen de facto [11].
En este contexto, el relato contenido en Operación Masacre se centra en el fusilamiento de un grupo de civiles, llevado a cabo como parte de la represión del referido sublevamiento cívico-militar, ante la simple creencia de que se reunían para conspirar  contra  el  gobierno, con el agravante de ser infundada tal sospecha; no sólo porque durante la reunión no se habló ni remotamente de la revolución (según explicó Juan Carlos Torres a Walsh), sino además porque los asistentes eran en su mayoría ajenos a cualquier maquinación.
En todo caso, aun ante la culpabilidad de algunos de los involucrados, el opresor obra despiadadamente ante lo que percibe como una tentativa de sublevación, desplegando una violencia, al margen de la legalidad; de este modo, la fuerza que monopoliza el Estado es utilizada de forma arbitraria por el tirano, como mecanismo de permanencia en el poder usurpado.

ESA MUJERLA DESTRUCCIÓN SIMBÓLICA DEL OTRO. La aniquilación física del enemigo    –los peronistas– narrada por Walsh en Operación masacre, encuentra un complemento años más tarde, en Esa mujer, que representa el intento de los mismos militares que protagonizaron la Revolución Libertadora, de suprimir una alegoría de las fuerzas peronistas, mediante la desaparición de un objeto de culto: el cadáver embalsamado de Eva Duarte de Perón, que se encontraba en la Confederación General del Trabajo. En este caso, se relatan “las vejaciones a las que fuera sometido el cadáver, y la fascinación perversa que despierta en su apropiador (…) con un tono desapasionado y distante, como si [el autor] prefiriese mostrar la violencia extrema que se puede ejercer sobre un muerto por medio de un lenguaje que soslaya, deliberadamente, la contaminación que esa misma violencia podría ejercer sobre sus formas [12]. Entonces, Walsh plantea en estos dos relatos –Operación masacre y Esa mujer– la posición antagónica que –necesariamente– asume el opresor frente a quienes apoyan al régimen depuesto, intentando su destrucción real y simbólica, para lo cual acude a métodos tan despiadados como el fusilamiento del 9 de junio de 1956 y el hurto y ocultamiento del cadáver de la principal figura femenina del peronismo.

LA PREEMINENCIA DEL PERIODISMO –CON SIGNIFICACIÓN SOCIAL– SOBRE LA LITERATURA. La condición de periodista de Walsh es fundamental en estos dos relatos. El primero, una narración absolutamente rigurosa de un acontecimiento real, pero expuesto de forma novelada; y el segundo, la invención de una entrevista periodística basada en un suceso histórico. En este último, el autor se representa en la figura del entrevistador, “con un tono desapasionado y distante” [13], sin que por ello pueda afirmarse que se trata de una información neutral.
Ambos textos descartan el periodismo meramente  informativo, dejando atrás la falacia de la doctrina de la objetividad. En este sentido, la meticulosidad de la investigación y exposición de los sucesos de la matanza de José León Suárez, dista de una presentación objetiva de los hechos; la actitud crítica y el propósito de denuncia son notorios. Pero no se trata de denunciar para que todo siga igual, ni para suscitar o acrecentar la sensación de miedo que pueda existir en aquellos que se oponen al déspota, con la frustración e impotencia que pueden serle concomitantes, sino para generar una reacción que permita el establecimiento de la culpabilidad de quienes participaron en los hechos violentos, y sobre todo, evitar el acaecimiento de hechos semejantes.
Así las cosas, tomando en cuenta que en Esa mujer se muestra la otra faceta de la destrucción del peronismo: aquella que afecta el imaginario de un grupo a fin de desarticularlo y exterminar la oposición, debe exaltarse el periodismo comprometido que ejerce Walsh, al plasmar   –con técnicas literarias– eventos que conducen a modificar el status quo.

NOTAS

*Universidad Católica Andrés Bello, Comunicadora Social. Universidad Central de Venezuela, Abogada, Especialista en Derecho Procesal, cursante del Doctorado en Ciencias mención Derecho.

[1] LANZUELA CORELLA, M. L., La literatura como fuente histórica: Benito Pérez Galdós. Actas del XIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, Madrid 6-11 de julio de 1998, Volumen 2. SEVILLA ARROYO, F. y C. ALVAR EZQUERRA (Coordinadores). Madrid 2000, p. 259.

[2] NOGUEROL JIMÉNEZ, F., El dictador latinoamericano (aproximación a un arquetipo narrativo). Revista Philologia hispalensis, N° 7, 1992. Universidad de Sevilla. Facultad de Filología, pp. 91-102.

[3] Idem, p. 95.

[4] RETAMOSO, R., Notas sobre literatura y violencia. En Escrituras de la política y políticas de la escritura en la Argentina moderna. Roberto RETAMOSO (compilador). SurAmérica Ediciones. Rosario 2011, p. 70.

[5] ALFIERI, V., De la tiranía: impune quælibet, hic est regem esse (SALUSTIO, Guerra de Yugurta, Cap. XXX). Fundación Manuel García-Pelayo. Colección Clásicos. Caracas 2006, p. 61.

[6] Idem, p. 59.

[7] Idem, pp. 59-61.

[8] En este sentido, NOGUEROL JIMÉNEZ examina “si la visión ofrecida por los diferentes escritores (…) se corresponde a la realidad o si por el contrario la creación literaria ofrece una imagen «suavizada» de los tiranos (…)” (Op. cit., p. 92).

[9] BORGONOVO, C., Rodolfo Walsh: Ese hombre y otros papeles personales. En Escrituras de la política…, p. 168.

[10] De hecho, antes de la publicación del libro en 1957, las investigaciones del autor quedaron plasmadas en una serie de artículos periodísticos, aparecidos entre finales de 1956 y mediados de 1957 (Vid. RETAMOSO, R., Genealogías de Walsh. En: http: // rephip.unr.edu.ar / bitstream / handle / 2133 / 499 / Retamoso % 20 - % 20Genealog % C3 % ADas % 20de % 20Walsh_A1a.pdf?sequence = 1. Consultado el 4 de marzo de 2013).

[11] En Argentina, “los sucesivos gobiernos militares restringieron y violaron los derechos de las personas, como forma de eliminación de la oposición política y de la movilización de sectores populares”, e incluso las fuerzas de seguridad utilizaron la tortura como práctica sistemática y generalizada (BARBUTO, V., Argentina. En Las víctimas y la justicia transicional: ¿Están cumpliendo los Estados latinoamericanos con los estándares internacionales? Fundación para el Debido Proceso Legal. Washington, 2010, p. 35).

[12] RETAMOSO, R., Notas…, pp. 76-77.


[13] Ver nota anterior.

martes, 19 de mayo de 2015

Heraldos de Desintegración

Historia para el futuro:
Heraldos de Desintegración

Jorge Castro Urdaneta*



El Planteamiento
     
El zamuro, símbolo de muerte, bien habría merecido ser el ave heráldica de aquella democracia guerrera, que fue Venezuela durante las guerras civiles; pero junto a la figura del ave feroz la espada que los guerreros portaban con dignidad y blandían con valor”. Pedro Manuel Arcaya. Memorias.[1]

Para los que nacimos a finales del siglo XX, es claro el constante intento de definir a la sociedad venezolana como amante de la paz, la propaganda de los años setenta en adelante, ha delineado invariablemente a un venezolano de naturaleza sosegada, negada a la guerra y la violencia ya superada, las luchas que se emprendieron y los numerosos muertos que se produjeron en combates armados, en contra de los gobiernos de turno o en refriegas domésticas, son presentadas como acciones lejanas, extremas, ajenas a una inclinación natural del nuevo venezolano.

Los episodios de violencia, son justificados o rechazados según la perspectiva de turno en el poder, pero siempre en el marco de lo extraordinario, en tanto se niega una línea de continuidad en la violencia que nos permitió nacer  y consolidarnos como República -la Guerra de Independencia, la Guerra Federal, en fin los procesos previos a 1936- los hijos de esas épocas aparentemente fueron sepultados con concreto y petróleo.

En 1970, muchos historiadores coincidían en que “por mucho tiempo la historiografía se mantuvo atiborrada de sucesos bélicos, y ninguna atención pudo prestar a las auténticas bases integradoras del pueblo (…). Corresponde al Nuevo Tiempo una actitud espiritual optimista, libre y amplia (…) Venezuela necesita de la paz y la concordia”[2], convicción que se traducía en afirmaciones de progreso como que “la reforma agraria que se opera en el país evitará ese éxodo a las ciudades, buscando trabajo y aventura aleatoria”.[3]

El tiempo ha desmentido aspectos de esas aseveraciones, al margen del fracaso institucional, cuyo quiebre precipitó una “redefinición político-jurídica” del Estado y de la democracia partidista[4], lo cierto es que transcurridos más de tres lustros de vigencia de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, es posible y necesario trazar una revisión de lo recorrido y del porvenir, no ya desde el aspecto formal de las estructuras y las ideas.

Las líneas que a continuación presento, plantean retomar algo de la historia de la República, particularmente lo vinculado a la violencia, lo que me permite aventurarme a reformular una lectura de los recurrentes actos de sangre que hoy llenan las noticias y constituyen un síntoma, a mi parecer, respecto de la consolidación de la institucionalidad y la eficacia de la Constitución.


Las Atrocidades

El modo de batirse los llaneros consiste en dar repetidas cargas con la mayor furia a lo mas denso de las filas enemigas, hasta que logran poner en desorden la formación y entonces destrozan cuanto ven en torno suyo”. José Antonio PáezAutobiografía.[5]

Sería imposible realizar en las presentes líneas, una enumeración exhaustiva de los diversos hechos de crueldad y violencia que asolaron a la República antes y después de su fundación, sin embargo interesa destacar algunos episodios en nuestra historia, que podrían delinear una invariable propensión a la lucha y no al retiro apacible que condena la violencia.

No se pretende negar, las cotidianas, increíbles e innumerables muestras de civilidad en nuestra historia, que incluso podrían contarse y contraponerse por mucho, a cada uno de los relatos que expondremos, pero la realidad de nuestra actual sociedad, tal vez indica un retroceso olímpico en el péndulo de la historia o al menos cuestionarnos, si es posible afirmar que las reacciones a la violencia, no son sino un acto reflejo ante la barbarie de tales hechos, más que el resultado de un proceso de reflexión que evidencie un aprendizaje previo, un nivel de conciencia activo y su perfeccionamiento mediante la experiencia.

Cuenta Fray Pedro Aguado, que estando unos españoles al borde de la inanición, “comenzaron a caminar por aquellas montañas a ver sí podían hallar algún género de comida de cualquier suerte que fuese; y viendo que no lo hallaban y que las naturales fuerzas casi del todo les iban faltando, comenzaron a matar algunos indios e indias de las que consigo llevaban para comer de ellos, imitando en esto la brutalidad de los animales irracionales, que faltándoles el uso de la razón muchas veces muerden y comen los unos a les otros. Comían de aquellas carnes humanas tan sin asco ni pavor como si se hubieran criado en ello y para ello”.[6]  

            Juan de Carvajal, en diciembre de 1545 funda el asiento de Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción del Tocuyo, “allí, en la Pura y limpia, erigió, según  cuenta la tradición, una hermosa ceiba para ahorcar en ella a cuantos no quieran someterse a su desaforada autoridad (…) en un solo día hizo colgar a ocho hombres en su célebre ceiba (…) El pueblo de la Vela de Coro recibe el nombre a causa del miedo que tenían a Carvajal. Pasaban las noches ‘velando’ sobre las armas, temiendo a cada instante que el vesánico gobernador viniese a degollarlos”.[7]

La insurrección de los negros de Coro (1795), con José Leonardo Chirinos al mando y con consignas “semejantes a las de los comuneros (‘abajo los impuestos y muera el mal gobierno’); constituyeron episodios de aquel conflicto engendrado por la concentración de la riqueza y profundizado por los antagonismos clasistas y raciales”[8]. Las muertes y saqueos del levantamiento, fueron rubricadas por la condena a Chirinos, cuando la Real Audiencia en 1796, lo condenó a muerte en la horca y resolvió que su cabeza, en jaula de hierro y en un poste de 20 pies de altura, se fijara en el camino que va hacia los Valles de Aragua y sus manos enviadas a Coro, se colocarían en Caujarao una, y la otra en Curimagua.[9]   

En la Guerra de Independencia, las masacres eran cortejadas por crueldades y humillaciones que serían fantásticas si no fueran producto de la narración de los propios españoles, tales como las matanzas de Boves en Valencia (El sarao sangriento):

“La tarde pareció demasiado larga, y la noche harto presurosa, a los grupos de danzantes. La música alegraba los salones, y las calles estaban animadas por aquel festivo evento social. En uno de los salones la juventud de ambos sexos se entregaba a los placeres de la danza, y en otro se brindaba copiosamente sin aprensión alguna (…). De pronto, las puertas se abrieron de par en par, y mientras unos soldados armados de sables y bayonetas custodiaban la salida, los demás iniciaron al punto una masacre general entre los hombres, en medio de gritos y alaridos de las mujeres que estaban en la sala contigua, quienes sin temor por sus vidas se precipitaron a aquella escena de muerte, buscando vanamente a sus esposos, padres, hijos y hermanos, a los que encontraron bañados en sangre y en los últimos instantes de la agonía”.[10]

 La guerra sin cuartel, que se desató bajo la Proclama de Guerra a Muerte bajo la cual, el propio Bolívar mandó a ejecutar a más de mil españoles y canarios -entre los cuales se encontraban heridos- en Caracas y La Guaira en 1814[11], en los siguientes términos:

“COMUNICACIÓN DEL LIBERTADOR AL COMANDANTE DE LA GUAIRA, FECHADA EN VALENCIA, EL 8 DE FEBRERO DE 1814, POR LA CUAL ORDENA LA EJECUCIÓN DE LOS ESPAÑOLES*

Señor Comandante de La Guaira, ciudadano José Leandro Palacios.
Por el oficio de US. de 4 del actual, que acabo de recibir, me im­pongo de las críticas circunstancias en que se encuentra esa plaza con poca guarnición y un crecido número de presos. En su consecuencia, ordeno a US. que inmediatamente se pasen por las armas todos los españoles presos en esas bóvedas y en el hospital, sin ex­cepción alguna.
Cuartel General Libertador en Valencia, 8 de febrero de 1814. 2°, a las ocho de la noche.
         SIMÓN BOLÍVAR.[12]

En el marco de la Guerra Federal, cabe recordar a personajes como José Rangel, antiguo soldado de la guerra de independencia que en el retiro y dedicado a la labranza en el Valle de Manaure, “vivió tranquilamente hasta el año 46, en el que se enardeció con la disputa de las elecciones [1846] Tomó las armas sin combinación con nadie”[13], Ramón Díaz Sánchez, relata que:

“El crimen de Rangel y su tropa es algo que desborda los términos de una vulgar sedición, es un asesinato de gentes indefensas con el agravante de la nocturnidad. A la cabeza de la turba borracha, después de apresar a cuantos hombres que halló en su camino, el indio Rangel invadió la hacienda Yuma, propiedad del Dr. Quintero, y los gritos de muerte llenaron de pavor a los habitantes”.[14]

 Otras imágenes terribles, nos la ofrece el doctor Pedro Manuel Arcaya en sus memorias, relata que durante su niñez de viaje con sus padres al interior del Estado Falcón:

“notaba a la vera de los caminos montañas de piedra, y sobre ellas, a veces, toscas cruces de madera. Señalaban los sitios donde yacían los huesos de soldados desconocidos que allí habían caído en olvidadas escaramuzas; los montones los formaban las piedras arrojadas por los peones que pasaban, y así quedaban erguidos aquellos sencillos y expresivos monumentos que su piedad levantaba a hermanos suyos, cuya suerte había de ser también la de ellos mismos (…) alimento de los zamuros sus carnes y pelados sus huesos, hasta que algún caminante les diera sepultura”.[15]  

            En otro pasaje, Arcaya nos refiere como a pesar de las diversas guerras intestinas, esa inclinación a la batalla no se extingue, “todos los Generales y Coroneles de las pasadas guerras, cansados ya de una paz que se alargaba demasiado, vieron llegada la oportunidad de poner en actividad sus impulsos belicosos y lo mismo una multitud de jóvenes que sentían igual ansia de aventuras”, el viejo General Vallés a la sazón del momento “la guerra lo rejuveneció. Abandonó el rosario y volvió a empuñar la lanza. Rozagante venía a la cabeza de trescientos soldados (…). Estos ancianos cayeron sobre el enemigo con el mismo arraigo e igual empuje que sus años juveniles y en mucho contribuyeron al resultado de la batalla”.[16]   

            Pero lo anterior, no debe confundirse con un impulso sólo de la longevidad que añoraba el combate: “¡Cuántos otros jóvenes perecieron así en nuestras guerras civiles y cuán estéril y absurdo fue su sacrificio heroico! (…) Al combate siguió la macabra selección de los cadáveres para darles cristiana sepultura (…) fueron amontonados para ser incinerados al lado del cementerio. Rodeaban la pira bandadas de zamuros. De todas partes volaban a aquel sitio, atraídos por el olor de los cuerpos que se quemaban. Esperaban que cesara el fuego para rebuscar entre las cenizas algún pedazo de carne chamuscada”.[17]

            El baño de sangre no es una cuestión de refriegas entre bandas, la violencia la abanderan “todos los gobernantes de este país, unos con más crudeza que otros, han ejercido la represión, el fraude y hasta el crimen político para conservar el poder. En los tiempos de Páez y los Monagas se hicieron famosas el mortífero Islote de Bajo Seco y el Castillo de San Carlos en el Lago de Maracaibo; bajo Guzmán la Rotunda en Caracas y el Castillo de Puerto Cabello; bajo Crespo y Cipriano Castro, estas mismas mazmorras y algunas otras. Pero ninguno de Aquellos déspotas llegó a los extremos de insensibilidad, de sistemática dureza de Gómez quien mantuvo encarcelados y cargados de grillos a algunos hombres durante un cuarto de siglo”.[18]
           
Tras la muerte Gómez, diversos sucesos acaecen en el país[19], citamos sólo  algunos y preferimos antes de extendernos explicaciones, que el lector por videos, fotos o reportajes en las notas al pie, se adentre en tales hechos. Así, no pueden dejar de mencionarse: Masacre de Turén (1952)[20]; El Porteñazo (1952)[21]; Masacre de Cantaura (1982)[22]; Masacre de Tazón (1984)[23]; Masacre de Yumare (1986)[24]; Masacre del Amparo (1988)[25] y El Caracazo (1989)[26].

            Después del Caracazo, deben referirse los Alzamientos militares del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992 o el 11 de abril de 2002, en los cuales se verificaron varios decesos y enfrentamientos, asimismo los diversos hechos de violencia ocurridos en diversas protestas a lo largo del país, particularmente en las llamadas “guarimbas”[27] acontecidas entre otros momentos en el año 2014, que por su actualidad, no creemos necesario hacer una referencia detallada sobre los mismos, pero si destacando que son, a no dudarlo, manifestaciones de violencia.

            Sin embargo, resulta de mayor interés partir de una apreciación como la de Ramón Díaz Sánchez de lo cotidiano en los años setenta del siglo pasado, perfectamente trasladable a nuestra realidad, cuando advertía que a pesar que Pedro Núñez de Cáceres, afirmaba “como un rasgo típico del carácter nacional la ausencia de instintos sanguinarios (…). Hoy el panorama moral ha cambiado como puede apreciarse en la prensa diaria. Asesinatos, atropellos, atracos a mano armada, desconsideración para las mujeres, niños y los ancianos, son acontecimientos de todos los días reveladores de un clima de insania que no justifican por sí solos el número de habitantes, el desequilibrio económico ni las agitaciones políticas. Prolifera el robo como móvil del homicidio y la violencia, esto es evidente; pero paralelamente se advierten y con no menor abundancia y frecuencia proliferan los crímenes aberrantes”.[28]

            Treinta y cinco años más tarde, Alejandro Moreno y otros estudiosos del tema de la violencia en nuestro país, nos advierten en relación con la delincuencia actual, que “esto parece cosa de locos; y de locos muy peligrosos. Pero ¿están locos estos delincuentes? No, son violentos, pero no están locos (…)”[29] los delincuentes no parecen a primera vista responder a una estructura racional, sin embargo, en “su vivir cotidiano, se encuentra un principio de organización, una unidad de sentido de sus múltiples acciones”, así respecto del asesinato, el mismo es “una hazaña gloriosa. El énfasis está en la capacidad de asesinar y asesinar mucho (…). Cuantos más muertos tenga encima y más joven sea el sujeto, más digno de admiración y más valioso es”[30], en sus estudios detallan que un “malandro” llamado Héctor Blanco, que no había cumplido 18 años, contó:

“El primer homicidio mío lo tuve el seis de… el seis de noviembre. El veintisiete no… el veintisiete de diciembre tuve otro, estábamos… varios muchachos en un sector que se llamaba… de la Vega, que es la capilla, este… ellos me habían dicho que si yo tenía problema con fulano, entonces yo le dije que sí, me dijo que estaba al frente, traqué la pistola, fui hacía él y… este… le dije unas palabras y le di nueve tiros en la cara” (negrillas del texto original).[31]

Los hechos demuestran, que las apreciaciones de Arcaya, Vallenilla Lanz y otros, en relación con la gente de su tiempo, parecen no haberse modificado en su sustancia, la violencia es un hilo conductual constante en nuestra historia.

No obstante, sería un error histórico, afirmar que las montoneras de siglos pasados parecen haberse reinventado en las bandas actuales o en la sed de sangre de los “pranes” y delincuentes que hoy asolan la patria[32], los motivos de la delincuencia actual, no se pueden equiparar a las motivaciones de los “caudillos” de antes, las luchas de José Leonardo Chirinos o Ezequiel Zamora, estaban llenas de consignas, sostenían ideales.

Si bien Arcaya señala que: “nunca hubo en Venezuela sino dos partidos el del gobierno y el de la revolución, por lo demás fuera de eso en nada se diferenciaban. Ninguna revolución ni aun la Federal, fue a pesar lo que respecto de esta se ha querido afirmar, una contienda en el que se ventilasen contrapuestos principios políticos (…)”[33], Brito Figueroa, es contundente al rebatir tal apreciación, al indicar por ejemplo, que la “Guerra Federal es una guerra campesina, pero también (por las capas sociales urbanas que en ella participan y el ideario político que predomina en ese movimiento) es una revolución democrático-burguesa, agraria y antilatifundista en las condiciones económico sociales, políticas y de clase en Venezuela en la sexta década del siglo XIX (…). En nuestra interpretación no identificamos la naturaleza de lucha de clases de nuestro tiempo, ni clases sociales de la Venezuela actual y la dinámica del cambio social, con los fenómenos de este mismo orden, pero en esencia diferentes, propios de una formación económico-social precapitalista, que se observan en el contexto de la Guerra Federal”.[34]

Por ello, la tragedia de la actual violencia, es su vacío de contenido o el sin sentido de sus fines -tal vez coherentes en el sistema delictual- pero profundamente inexplicables no sólo respecto a la institucionalidad o el más básico respeto a los derechos fundamentales, sino además en el contexto de cualquier lucha por el cambio social, y por lo tanto, contraria a la existencia misma del Estado.
  

La Inhumación

Dominar la naturaleza hasta acallar el instinto; imponer a la materia la voluntad del espíritu; llegar con paso firme al umbral del sepulcro; desafiar las sombras pavorosas de lo desconocido, y decir a la muerte que avanza escoltada de todos los dolores: ‘Ven, lo que siento y pienso vale más que lo que soy, sepúltame en los antros de tu impenetrable misterio, despedaza mis carnes, tritura mis huesos, arrebátame la luz, el amor, la esperanza, prueba a infundirme espanto y verás que te desprecio; contra las sugestiones de lo terrible, tengo la alteza de mi intento; a las asechanzas del pavor, resiste lo inflexible de mi propósito; por sobre tus amenazas está mi voluntad’. Elevarse a esa altura es escalar el cielo: de ahí la calma majestuosa, el poder sin límites, la fuerza absoluta.”. Eduardo Blanco. Venezuela Heroica[35]

            La primera crítica a la anterior recopilación de eventos históricos, sería la generalización injustificada de la sociedad venezolana a partir de acontecimientos que sólo reflejan a parte de la población, que se recogería en esa afirmación que las señala “como una minoría que envilece a las mayorías ajenas a tal maldad”; argumento que podemos aplicar desde los asaltantes en moto respecto de los motorizados, a los grupos organizados de extorción y secuestro dentro de los organismos de seguridad.

Frente a ello, debe responderse de una vez, que la responsabilidad de la sociedad se mide fundamentalmente por la atrocidad de los hechos y no por el porcentaje de sus autores o su apoyo en el total de la comunidad en las que se verifican, es una valoración esencialmente de cualidad en las acciones reprochables y la respuesta de la sociedad y no de cantidad de participantes, aunque esta última haga en algunos supuestos la diferencia respecto de la calificación de los crímenes de lesa humanidad.

            Resultaría al menos indignante, que se pretendiera que la Alemania Nazi, constituye una calificación exagerada e injusta, debido a que parte de la población alemana de entonces, no apoyaban las ideas y acciones emprendidas por Hitler y sus seguidores.

La responsabilidad de la sociedad, pesa sobre los hombros de cada ciudadano del Estado y la población que lo integra, que atenta contra los derechos fundamentales en su territorio o fuera de sus fronteras, ya que al menos desde el punto de vista moral, resultan tan reprochables las ordenes impartidas por el Eduard Roschmann (conocido como el Carnicero de Riga), como los berlineses que prefirieron seguir con su jarra de cerveza llena y cerrar sus ventanas en la noche de los cristales rotos.[36]

La ciudadanía, es ante todo un ejercicio de responsabilidad por el resguardo de los derechos humanos y la protección de las instituciones, por eso el holocausto o el genocidio de Ruanda, además de generar responsabilidad penal individual a nivel nacional e internacional, incriminan a tales sociedades, marcándolas al menos generacionalmente e imponiéndoles como deber mínimo reparar y evitar que tales sucesos se repitan.

            La República Bolivariana de Venezuela, no encuadra bajo ningún concepto en los supuestos de crímenes de lesa humanidad como los referidos anteriormente, pero al consagrarse un sistema constitucional en el cual rige el principio participativo, que conforme a la jurisprudencia vinculante de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia de la República Bolivariana de Venezuela, se exige del pueblo una intervención activa y consiente en el ámbito social, político, económico y judicial, más allá del ejercicio eventual del voto en los procedimientos electorales, por lo que se debe recordar que:

  “(…) Esa responsabilidad y eficacia, que se deriva del ejercicio directo del Poder Público por la sociedad organizada, no se circunscribe al reconocimiento del control social o comunitario -al margen de los controles intraestatales- sino la imposición a cargo de la sociedad en su conjunto y cada uno de sus integrantes del principio de autoresponsabilidad, ya que el pueblo (…) al tener la posibilidad de determinar los parámetros en los cuales se desarrollará su actividad, debe asumir las consecuencias de la calidad y efectividad de su intervención o de su falta de participación. El alcance del principio de participación en el ordenamiento jurídico venezolano, se materializa tanto en el derecho de los ciudadanos a tomar parte en el ejercicio del poder público y su control, sino fundamentalmente en el principio de autoresponsabilidad, el cual postula que la sociedad debe beneficiarse e igualmente sufrir los efectos de su participación o abstención (…)” -Cfr. Sentencias Nros. 471/06, 1.117/06 y 597/11-.

La participación, va más allá de la determinación de los gastos en los presupuestos municipales o la organización para la ejecución de obras, es ante todo una necesidad de intervenir y asumir directamente los espacios de vacío institucional o ineficiencia en la ejecución de competencias atribuidas a las estructuras tradicionales del Poder Público.

Lo anterior comportaría a nuestro juicio, que ante el azote de una minoría que en diversos ámbitos y con el uso de la violencia, impiden que la sociedad pueda beneficiarse del marco jurídico institucional que lo tutela, se genere una responsabilidad, un deber que en principio recae en cada uno de los órganos que ejercen el Poder Público, que en definitiva “permita que los conflictos de derechos que subyacen y emergen por la necesaria interrelación que se produce en una sociedad, es necesario que el arquetipo institucional pueda potenciar efectivamente un desarrollo fluido de los intereses antagónicos en la sociedad” (Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia).[37]

Pero si ello no es posible, la sociedad en busca del natural equilibrio y al margen del sistema, terminará por socavar la existencia misma del Estado o de la forma en que hoy lo conocemos[38], asumiendo cada vez más abiertamente y muchas veces en contra del ordenamiento jurídico vigente, las competencias propias de los órganos y entes del Estado.

Lo anterior no constituye una reflexión sobre el futuro, existen serios indicios al respecto, los linchamientos son una terrible muestra de toma de justicia por propia mano[39]. Ronald Denis advierte que: “la ‘toma directa del poder’ sobre los lugares de ejercicio territorial del mismo, su destrucción violenta o su desplazamiento pacífico como lo venimos experimentando, tiende a ser el comienzo de una gigantesca revolución, que va a ir vaciando de todo sentido y legitimidad los estúpidos arquetipos del poder”[40]. Lo antes dicho, no es nuevo en la experiencia Latinoamericana, se resume en la dicotomía presentada por Sarmiento en su obra Facundo o Civilización y Barbarie en las pampas argentinas.[41]

            Pero no todo está perdido, ante la barbarie del desconocimiento de la ley, la reserva moral que nos instituye la propia Constitución en su artículo 1, al establecer que “la República Bolivariana de Venezuela es irrevocablemente libre e independiente y fundamenta su patrimonio moral y sus valores de libertad, igualdad, justicia y paz internacional en la doctrina de Simón Bolívar, el Libertador”, la cual nos indica que nosotros los ciudadanos, estamos “llamados para consagrar o suprimir cuanto os parezca digno de ser conservado, reformado o desechado en nuestro pacto social”.[42]   

Esa resolución debe advertirse, no puede ser producto de la irracionalidad, no caben clichés de democracia de mayorías que consoliden la crisis, debe tenerse presente la historia latinoamericana, que nos enseña la gran influencia que ejercieron las ideas de la Ilustración en los territorios coloniales de España en América. Rousseau, Mostesquieu o Voltaire, entre otros, fueron estudiados entre los sectores educados de Latinoamérica, corrientes filosóficas y políticas que generaron las ideas de libertad, igualdad, progreso y soberanía, que se difundirían rápidamente por el continente, así las bibliotecas constituyeron elementos cardinales en la generación de un movimiento independentista.

Sería un error pretender que la lucha por la independencia en Latinoamérica, fue producto de una marea popular irreflexiva, consecuencia de una sensación atávica por la justicia e igualdad. No se desconoce, que ante la situación social y económica se desenvolvieron importantes convulsiones internas que ponen de manifiesto un conflicto social, como ocurrió con la rebelión de los comuneros del Paraguay, el levantamiento de los hermanos Catari, la revuelta contra la Compañía Guipuzcoana de Caracas o el emblemático alzamiento indio de José Gabriel Túpac Amaru, pero fue en el marco de las ideas y de la reflexión, que se concretó la visión de una América independiente, que se traduciría en un movimiento armado, una lucha política, social y económica que iría delimitando con sangre a Latinoamérica.

Por ello, no basta la intención de cambiar, necesario es preparase para producir el cambio real y duradero.

Para aquellos que pretendemos la inhumación de los vicios del pasado, con el trabajo honrado y constante, no encuentro mejores palabras que las de Jean-Paul Sartre: “No nos haremos eternos corriendo tras la inmortalidad; no seremos absolutos por haber reflejado en nuestras obras algunos principios descarnados, lo suficientemente vacíos para pasar de un siglo a otro,  sino por haber combatido apasionadamente en nuestra época,  por haberla amado con pasión y haber aceptado morir totalmente con ella”[43], y la siguiente cita literaria: “If we are mark'd to die, we are enow. To do our country loss; and if to live, The fewer men, the greater share of honour. God's will! I pray thee, wish not one man more. (…) That he which hath no stomach to this fight, Let him depart; his passport shall be made And crowns for convoy put into his purse: We would not die in that man's company That fears his fellowship to die with us” (William Shakespeare. Henry V), lo que podría traducir de la siguiente manera: “si estamos destinados a morir, nuestro país no tiene necesidad de perder más hombres de los que somos; y si debemos vivir, cuantos menos seamos, más grande será para cada uno de nosotros la parte del honor. ¡No desees un hombre más, te lo ruego! (...) puede retirarse el que no vaya de corazón a esta lucha; se le dará su pasaporte y se pondrán en su bolsa unos escudos para el viaje, porque no quisiéramos morir en compañía de un hombre que temiera morir como un compañero nuestro”.[44] 

            Finalmente, debemos tener presente a Cecilio Acosta, quien en su obra nos advierte que “las convulsiones intestinas han dado sacrificios, pero no mejoras, lágrimas pero no cosechas” [45], es entonces la consolidación institucional la única vía posible.




Universidad Católica Andrés Bello, Abogado. Universidad Central de Venezuela, Especialista en Derecho Administrativo; cursante del Doctorado en Ciencias, mención Derecho.

[1] Arcaya, Pedro Manuel. Memorias. Librería Historia, Caracas, 1983, p. 54.
[2] Salcedo-Bastardo, J. L. Historia Fundamental de Venezuela. U.C.V. Carcas, 1970, p. 710 y 713.
[3] Picón-Salas, Mariano. Venezuela: algunas gentes y libros, en Venezuela Independiente, evolución político-social 1810-1960, Fundación Eugenio Mendoza, 1975, p. 20.
[4] Castro Urdaneta, Jorge O. Gobernabilidad y sistema democrático participativo. Revista de Derecho – Nº 35, Tomo II,  Caracas: TSJ, Fundación Gaceta Forense, 2014, p. 101-102 y un recuento de hechos en http://www.minci.gob.ve/wp-content/uploads/2012/09/Cronologia-de-una-implosi%C3%B3n-WEB.pdf.
[5] Páez, José Antonio. Autobiografía. Hallet y Breen, N.Y., Volumen I, 1867, p. 149.
[6] Fray Pedro Aguado. Historia de Venezuela escrita en 1581. Caracas, Imp. Nacional, 1913, p. 66.
[7] Herrera Luque, Francisco J. Los Viajeros de Indias, ensayo de interpretación de la sociología venezolana. Imprenta Nacional, Caracas, 1961, p. 447. En contra, puede encontrarse una crítica general de la obra, en Pbro. Manuel Acereda La Linde: http://gumilla.org/biblioteca/bases/biblo/texto/SIC1961240_476-479.pdf, consultado el 15/5/15.
[8] Araujo, Orlando. Venezuela violenta. Banco Central de Venezuela, Caracas, 2013, p. 29.
[9] Insurrección de los negros en Coro, en el Diccionario de Historia de Venezuela. Fundación Polar. Tomo II, Caracas. 1997, p. 808 y 809.
[10] De Benedittis, Vince. Presencia de la música en los relatos de viajeros del siglo XIX. U.C.V. Caracas, 2002, p. 188.
[11] El 15 de junio de 1813, en Trujillo Simón Bolívar durante el desarrollo de la Campaña Admirable, dicta el Decreto que se concretaba en que los españoles y canarios que no tomar activamente una posición en favor de la independencia se les daría la muerte, y que todos los americanos serían perdonados, incluso si cooperaban con las autoridades españolas (“¡Españoles y Canarios! Contad con la muerte, aún siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. ¡americanos! Contad con la vida, aún cuando seáis culpables”. Simón Bolívar, Cuartel General de Trujillo, 15 de junio de 1813). Véase a Blanco Fombona, R. Bolívar y la Guerra a Muerte. Época de Boves, 1813-1814. Ministerio de Educación. Caracas. 1969 y Dauxión-Lavaysse. J.J. Viaje a las islas de Trinidad, Tobago, Margarita y a diversas partes de Venezuela en la América Meridional. U.C.V., 1967, Caracas.
[12] Bolívar, Simón. “Escritos del Libertador: Volumen 6, Simón Bolívar, 1 de enero de 1814. Sociedad Bolivariana de Venezuela, p. 127” , consultado el 15 de mayo de 2015 en la página web: https://play.google.com/books/reader?id=kDzVAAAAMAAJ&printsec=frontcover&output=reader&hl=es&pg=GBS.PA127.
[13] Villanueva, Laureano. Vida del valiente ciudadano General Ezequiel Zamora, citado por Brito Figueroa, Federico. El tiempo de Ezequiel Zamora. Monte Ávila Editores, Caracas, 2009, p. 160.
[14] Citado por Brito Figueroa, Federico. Obra citada, p. 160.
[15] Arcaya, Pedro Manuel. Memorias. Librería Historia, Caracas, 1983, p. 6.
[16] Arcaya, Pedro Manuel. Obra citada, p. 28 y 29.
[17] Arcaya, Pedro Manuel. Obra citada, p. 54.
[18] Díaz Sánchez, Ramón. Evolución Social de Venezuela (hasta 1960), en Venezuela Independiente, evolución político-social 1810-1960, Fundación Eugenio Mendoza, 1975, p. 320.
[19] Félix Roque Rivero. Del Estado que tenemos al Estado que necesitamos, en http://vltimaratio.blogspot.com/2015/04/felixroque-rivero-del-estado-que.html.
[27] Manifestaciones de alteración del orden público, mediante el cierre de calles y otras formas de protesta.
[28] Díaz Sánchez, Ramón. Evolución Social de Venezuela (hasta 1960), en Venezuela Independiente, evolución político-social 1810-1960, Fundación Eugenio Mendoza, 1975, p. 357.
[29] Alejandro Moreno, Alexander Campos, Mirla Pérez y William Rodríguez. Tiros en la Cara. El delincuente violento de origen popular. IESA, Caracas, 2008, p. 237.
[30] Alejandro Moreno, Alexander Campos, Mirla Pérez y William Rodríguez. Obra citada, p. 269.
[31] Alejandro Moreno, Alexander Campos, Mirla Pérez y William Rodríguez. Obra citada, p. 9.
[33] Arcaya, Pedro Manuel. Memorias. Librería Historia, Caracas, 1983, p. 64. En contra, véase a
[34] Brito Figueroa, Federico. El tiempo de Ezequiel Zamora. Monte Ávila Editores, Caracas, 2009, p. 730.
[35] Eduardo Blanco. Venezuela Heroica. Monte Ávila Editores, Caracas, p. 55.
[36] A Roschmann se le imputan cargos de asesinato y violaciones graves de los derechos humanos, vinculados con el homicidio de por lo menos 3000 judíos entre 1938 y 1945, la supervisión de trabajos forzados en Auschwitz, y el asesinato de por lo menos 800 niños. La noche de los cristales rotos o Novemberpogrome, fue una serie de pogromos y ataques en la Alemania nazi en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, ejecutada por las tropas de asalto de las SA con la población civil, mientras las autoridades competentes observaban sin intervenir.
[37] Véase sentencia de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, Nro. 794/11, http://historico.tsj.gob.ve/decisiones/scon/mayo/11-0439-27511-2011-794.html.
[38] Alejandro Moreno: “De seguir como vamos, Venezuela desaparecerá como sociedad”. Consultar en http://www.contrapunto.com/index.php/nacional/item/19735-alejandro-moreno-de-seguir-como-vamos-venezuela-desaparecera-como-sociedad.
[40] Denis, Ronald. Las tres Repúblicas, retrato de una transición desde otra política. Ediciones nuestra América Rebelde, p. 185.
[41] Véase la obra completa, en la página web, consultada en fecha  16 de mayo de 2015 http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&tt_products=12. Emilio Spósito Contreras por su parte, señala que “independientemente de las formas literarias escogidas –poesía el uno, prosa novelesca el otro–, de la nacionalidad de los autores, que se trate del personaje histórico Francisco Laprida o del literario Fernando Fonta; ambas versiones recogen la tragedia latinoamericana: la eterna lucha entre el bien y el mal. Desde la perspectiva de hombres justos y sabios   –Francisco, estudioso de las leyes, benemérito de la patria, y Fernando, ‘ciudadano’ y ‘hermano’– atrapados en la espiral de la violencia, de la cual no pudieron, o no quisieron salir”, en http://vltimaratio.blogspot.com/2015/01/politica-y-literatura.html.
[42] Bolívar, Simón. Discurso pronunciado por el Libertador ante el Congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819. En Acosta, Vladimir. Independencia, Soberanía y Justicia Social en el Pensamiento del Libertador Simón Bolívar, PDVSA, Caracas, 2007 p. 121.
[43] Sartre, Jean-Paul. ¿Qué es la literatura? Losada, Buenos Aires, 2003.
[44] Traducción libre del autor.
[45] Acosta, Cecilio. Cosas sabidas y cosas por saberse. En: Obras. Edit. El Cojo, Caracas, 1909, Vol. III, p. 267.