jueves, 11 de mayo de 2017

Cuentos y leyendas del Nepal


Anónimo nepalí

FANTASMAS CONTRA
GUERREROS

Extracto de Cuentos y leyendas del Nepal.
Traducción, recopilación y traducción de Víctor Giménez Morote.
Biblioteca de Cuentos Maravillosos. José J. de Olañeta, Editor. 2ª edición.
Serie Érase una vez…, número 98.
Barcelona 2001, pp. 33-35.

Patkwo gobernó la ciudad desde su fortaleza con mano de hierro. Los guerreros molestaban, arrestaban e incluso mataban al pueblo con la más pequeña excusa. Todos los negocios se paralizaron y las tiendas se cerraron. Las calles estaban vacías durante el día y la ciudad tenía un aspecto desolador. Incluso los templos se cerraron.
El abad del Kwa Bahal tenía miedo y se quedó oculto en su cercana mansión. Sin embargo, pensando que un niño podría pasar desapercibido en la calle y estar a salvo, envió a su hijo de doce años al templo con una campana colgada de su cuello, la llave, un jarro de agua y un cuenco de arroz para el servicio matutino.
El niño llegó al templo sin problemas. De pie ante la imagen de Sakyamuni, dijo:
–Venerabilísimo, te he traído agua. Por favor, lávate la cara.
Como, tras repetir muchas veces su petición, seguía sin pasar nada, el muchacho desesperado, empezó a sollozar y gritó:
–Por favor, Venerabilísimo. ¡Lávate la cara!
Por fin Sakyamuni pareció escuchar. Tomó la jarra de agua y lavó su cara. Después cogió el cuenco de arroz que le ofrecía el muchacho y desayunó.
Tras regresar a su casa, el muchacho relató a sus padres lo que le había ocurrido en el templo pero, por supuesto, no le creyeron. Lo mismo sucedió al día siguiente y al otro y al otro…
Un día el abad le dijo al chico:
–Hijo, si lo que dices es verdad, debes pedirle a Sakyamuni que nos salve de los guerreros kiratis. Pregúntale cómo podemos librarnos de ellos.
Así lo hizo el muchacho, y Sakyamuni le pidió que le llevara un jarro con leche de vaca al día siguiente. Cuando el chico fue con la leche la mañana siguiente le dijo que llevase la jarra fuera del templo y arrojase la leche en el Bauga, el pequeño y profundo pozo, en el cruce de las calles, donde la gente de la localidad echaba las ofrendas a los espíritus de los muertos. El muchacho echó la leche en el pozo y volvió a casa sin mirar hacia atrás, tal y como se lo había dicho.
Poco después algunos fantasmas salieron del suelo, y a continuación más y más, cómo si brotara un río sin fin. Cruzaron como un enjambre la calle y entraron en la fortaleza atacando con furia a todos los que encontraban a su paso.

Patkwo y sus guerreros fueron cogidos por sorpresa y no recibieron ninguna ayuda. Sus armas de guerra no servían contra los fantasmas. Corrían de un rincón a otro hasta que agonizaban, ya que nadie podía sobrevivir al ataque de siete fantasmas a la vez. Otros corrieron por las calles y huyeron en desbandada. Muchos de los guerreros perecieron por las calles mientras corrían hacia la puerta de la ciudad. Solo ochocientos guerreros kiratis la alcanzaron y escaparon con vida, y ninguno de ellos se atrevió a volver atrás.

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